La construcción del relato: contarse sólo lo malo

 

En los últimos tres meses he visitado lo peor y lo mejor del mundo. Lo peor ya lo había experimentado antes de llegar: sabía lo que me esperaba. Había consolidado, como tantas otras veces, una serie de preconcepciones construidas y reconstruidas mentalmente de todo lo malo que iba a encontrarme al otro lado. Todavía hoy, más de diez años después rompiendo y rompiéndome prejuicios que me hicieran imaginarme un mundo que sabía diferente, me cuesta llegar limpio de estas ideas a nuevos lugares.

 

Y el reto esta vez era mayúsculo: la cuna del terrorismo yihadista, la tierra del radicalismo tribal e islámico, del burka y de los hombres bomba, rodeaba una visita que se había retrasado demasiado debido a las crecientes advertencias de seguridad. Pakistán, en urdu, la tierra de la pureza, se debatía en mi mente entre una casi fingida frialdad y un temor oculto a saltar por los aires. Y, sin embargo, en mi fuero interno esperaba otra vez darme de bruces con una realidad completamente diferente a lo imaginado y con una sociedad que volviera a abrirme las puertas de la sorpresa.

Y de nuevo el monstruo estaba a este lado del río: al otro estaban los mismos sentimientos y sonrisas que siempre me he encontrado en el camino. Durante quince días viví maravillado por el enorme valor del encuentro con ese otro que presumía tan diferente y que, efectivamente, lo era: en la cultura y arquitectura, en las costumbres y tradiciones, pero al que me unían los mismos valores.

 

Y este contraste, repetido hasta el infinito en cada uno de mis viajes, me ha hecho plantearme cómo construimos los relatos, cómo nos contamos a nosotros mismos la vida y lo que nos rodea. Y lo primero que me ha venido a la cabeza es que somos expertos en contarnos sólo lo malo: construimos el mundo a partir de todo lo negativo que en él acontece y por fuerza de repetirlo hacemos de él un lugar indigno de ser habitado. Desde pequeños aprendimos la historia de tragedia en tragedia, considerando los periodos intermedios preludios preparatorios para el siguiente drama. De la misma manera que observamos el universo contando la iluminada superficie de las estrellas y obviando todo el espacio negro que lo rodea, nos relatamos el mundo a través del dolor de la brutalidad humana, de la guerra, del terrorismo… y obviamos todo ese espacio colorido, iluminado, que son todos aquellos momentos en los que, los unos y los otros, hicimos del mundo un lugar en el merecía la pena seguir viviendo. Y ese espacio, el mismo que hace de Pakistán un lugar fantástico con una cultura brutalmente abrumadora, es ese negro infinito que se esconde tras los fugaces puntos de luz de esas estrellas: es el todo frente la finitud de la materia, es la sustancia del relato.

 

De nuestra actitud y capacidad de análisis y de la forma en fijamos el foco, surge nuestra visión del mundo: un lugar horrible lleno de terroristas sanguinarios, políticos corruptos y empresas predadoras o un lugar donde todo eso, lo malo, es el decorado de contraste de una sociedad en la que día a día, acto a acto, la gente se esfuerza por hacer el bien, la colaboración es la norma y el conflicto tan extrañamente raro como para salir en las noticas en confirmación de ser una excepción. La elección ahora es nuestra: ver el universo o solo las estrellas. Nos cuenten lo que nos cuenten en los medios. 

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